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LUGARES

junio/2017

CASA etc >> El Mercurio de Valparaíso

La Alhambra

LAS MIL Y UNA VIDAS DE UN PALACIO

Imponente sobre una colina de Granada se levanta el conjunto palaciego más importante del sur de España y, quizás, de la península Ibérica. En sus más de diez siglos de vida La Alhambra ha sido testigo de guerras y conquistas, cobijo de reyes y esclavos, y cuna del posterior descubrimiento de América. Con oriente y occidente conviviendo en su interior, este recinto cuenta, a través de sus muros, su vasta y compleja verdad.

Texto y fotografías por Daniela Rojas Ovalle, desde España.
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Dicen que cuando Isabel La Católica y Fernando de Aragón entraron por primera vez a La Alhambra, quedaron boquiabiertos. Nada de lo que habían visto hasta ese entonces se asemejaba a este lugar que combinaba edificios y jardines de forma onírica. Y es que, en su intensidad, el recinto capta la esencia de una dinastía que no solo intentó erigir un imperio en tierras lejanas, sino, además, crear su propio paraíso en la Tierra.
Llamada originalmente qa’lat al-Hamra’ o “Castillo Rojo”, la edificación ubicada en la cima de la colina de al-Sabika tiene múltiples capas. Los primeros registros datan del siglo IX, cuando se crea una fortificación militar.

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Sin embargo, fue recién en el siglo XIII que obtuvo su carácter palaciego, cuando el sultán Mohamed ben Al-Hamar, fundador de los nazaríes, decidió instalar allí la sede de la corte. A partir de la reconstrucción de la Alcazaba, se desarrolló un barrio castrense y delimitó la ciudad con muros y torres. Al interior se construyeron los palacios del Partal, de Comares y de los Leones, una mezquita, un barrio para sus servidores y el cementerio real. Desde entonces y durante varios siglos, la ciudad palatina no hizo más que crecer.
El período inicial se caracteriza por una reinvención de la arquitectura andalusí, que por entonces situaba a la mezquita de Córdoba como principal exponente. La sobriedad de ese estilo se mantuvo solo en el exterior de los palacios. El interior, en cambio, explota en detalles ornamentales como columnas, arcos y capiteles. Los muros están cubiertos por cerámicas y motivos como el ataurique o decoración vegetal, la lacería y las redes de rombos. Por sobre ellas destacan, son embargo, las inscripciones epigráficas que citan a los sultanes, el Corán y poemas que describen los espacios. El área real estaba conectada a través de los patios, que contaban con un diseño rectangular, estanques y pórticos, y abundancia de jazmines, magnolios, naranjos, cipreses y arrayanes. En ellos ningún elemento fue casual, y todo está delicadamente puesto para otorgar sombra, frescor o generar aromas que evocaran momentos de paz.
Con su llegada en 1492, los Reyes Católicos marcaron el inicio de una nueva etapa en la Alhambra, así como la ocupación de la Alhambra significó una nueva etapa en su reinado. Fue aquí, dominando Granada, que consolidaron la unificación del territorio y su poder, al firmar el acuerdo que los llevará a una de las empresas más importantes del siguiente siglo, pues, según cuenta la leyenda, al interior de la Torre de Comares Cristóbal Colón termina de convencer a la reina Isabel de apoyar su expedición a las Indias. En términos arquitectónicos, a diferencia de la destrucción que pudo generar el choque de civilizaciones, Fernando e Isabel optaron por preservar el legado de los nazaríes y se acomodaron a ella. No sin antes dotarla de su estilo, claro.  Erigieron un convento franciscano, transformaron la mezquita en una iglesia cristiana y fortalecieron algunos muros de la alcazaba. El emperador Carlos V continuó el trabajo de sus abuelos y en 1526, además, mandó a construir un palacio de estilo renacentista que celebraba su enlace con Isabel de Portugal.
A partir del siglo XVIII La Alhambra cae en un estado de abandono luego de que Felipe V, de la familia de los Borbones, decidiera apropiarse de los recursos de su mantención. Fue gracias a distintos viajeros y artistas que difundieron su belleza y relevancia histórica  que comenzaron a prestarle atención nuevamente, y recién en 1870 fue declarada Monumento Nacional, devolviendo los recursos destinados a su cuidado y reconstrucción, carácter que se mantiene hasta el día de hoy para recibir a las más de dos millones de personas que la visitan cada año.


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