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LUGARES

FEBRERO/2018

CASA etc >> El Mercurio de Valparaíso

LA PAZ DE LA COSTA VICENTINA

En un rincón al oeste del celebrado Algarve (Portugal) asoma, bañada por el rocío irascible del Atlántico, la Costa Vicentina es un lugar en donde sobresalen playas salvajes, vistas eternas al océano y pueblos serenos.

Texto y fotografías Mauricio Rojas Casimiro
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Lagos, donde llegaban los esclavos
A la entrada de la Costa Vicentina se ubica un antiguo pueblo de pescadores que hoy ha dado paso a tiendas de artesanías, pequeños restaurantes de pescados y diminuto hostales con viajeros despreocupados en busca de olas y viento para practicar surf, windsurf o kitesurf. Cuando comienza a caer el sol, locales y visitantes se reúnen a charlar en las baldosas blancas de la plaza central con dos testigos arquitectónicos (uno frente del otro): la antigua y neoclásica iglesia de Santa María (1498) y el antiguo Mercado de Escravos (primer mercado de esclavos de Europa) hoy reconvertido en una galería de arte. Aquel cuadro parece surrealista, pero les recuerda a los visitantes su legado lóbrego de siglos pasados.
Lagos se recorre a paso lento para disfrutar sus travesías construidas con pequeñas piedras cuadradas de color ocre y para observar sus casas blancas, con retoques de azulejos y ventanas pintadas de color azul intenso.

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En una esquina del recorrido emergen unas murallas desteñidas, pero bien conservadas del siglo XVI que rodean gran parte del pueblo. En esta cerca de piedra resalta la puerta de Sao Gonçalo que daba antiguamente la bienvenida a los galeones en la Edad Media y posteriormente a los pescadores.

Playas y acantilados salvajes
Saliendo del pueblo hacia la costa descansan pequeñas embarcaciones artesanales que por 10-15€ realizan un inolvidable recorrido por los acantilados de Ponta da Piedade. Es una línea costera rocosa de color castaño, pero esculpida por el mar y el viento que forman pilares de roca en medio del mar, túneles naturales y cuevas ocultas. Cada ciertos metros asoman calas de arena, algunas de ellas nudistas, que le otorgan un halo de secretismo a estos paisajes costeros. El cuadro lo completa un mar verde-azul que cada 15 minutos pasa de la calma a un oleaje enrabiado que mueve las barcazas al unísono y ponen a prueba las destrezas de los pescadores (hoy transformados en guías de mar).

A aquellas playas escondidas se llega por escaleras naturales y puentes de maderas. Hay muchas, pero Dona Ana y Praia Do Camilo llenan mis deseos de sol, arenas finas y un crepúsculo anaranjado que se alarga hasta la noche y se mezcla con la música de pequeños bares al son de la música chill-out.

Out route con Favio
Pero los secretos de este cuerno portugués que mira al Atlántico maravilla aún más por su extenso Parque Natural de Alentejano y Costa Vicentina. Lo recorrí gracias a un viejo jeep conducido por Favio, un risueño lugareño que prometía un viaje por la costa del parque hacia el norte. Temprano partimos desde el mismo cabo rumbo a una ruta verde, cargada de bosques de madroños, que terminaban en miradores agrestes o en hermosas playas recónditas donde solo deambulan surferos arriba de olas (Playa do Amado).
La ruta la adornan pequeños pueblos donde todo transcurre en calma y se escuchan los aleteos de los abejorros y el canto de los grillos. Conmueve tanto silencio. Hicimos una parada para disfrutar de un simple jugo de naranja bajo un alcornoque africano (árbol que aloja en su corteza el corcho). Favio saluda con dedicación a un abuelo que mira sentado una quebrada verde que termina en el mar. Me lo presenta y me sonríe. Una vez de regreso al sur, pregunto a mi guía quién era aquel abuelo: “El hombre más anciano de toda la costa”… Cosas simples, playas y acantilados salvajes, personajes y un Atlántico que dibujan un paisaje que siempre invita a regresar.


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