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INTERIORISMO

SEPTIEMBRE/2017

CASA etc >> El Mercurio de Valparaíso

Ayer y hoy

LA FUSIÓN PERFECTA

En un edificio que es monumento nacional -un frigorífico de principios del siglo XX- se instala un hotel de lujo cuyo interiorismo está no solo marcado por las raíces propias de la Patagonia sino del ojo estético al servicio de la experiencia sensorial, una vez se accede a sus diversas dependencias.

Por Marisol Ortiz Elfeldt / Fotografías gentileza The Singular Patagonia
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El encargo de decorar el Hotel The Singular en la Patagonia chilena, específicamente en Puerto Bories, en donde los primeros colonos ingleses decidieron instalar el primer y más grande frigorífico y centro ovejero de Tierra del Fuego fue para Enrique Concha y su oficina de diseño un proyecto emblemático en donde debía convivir la albañilería de ladrillo que albergaba los espacios en donde se procesaban ovejas, con la estética de lujo que se le deseaba incorporar. Estaba claro que no se quería intervenir la arquitectura existente, pero sí desarrollar una estilo decorativo en donde la experiencia se sintiera desde el momento en que se entrara al lugar, y que fuera matizándose de acuerdo a los espacios que se ocuparan, que los huéspedes y visitantes se sintieran ‘en un lugar curioso’, en un lugar ‘singular’.

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Es así como los ladrillos, la madera rústica y el metal comenzaron a entregar un sinfín de posibilidades para crear una atmósfera acogedora y un ambiente único que reflejara la naturaleza de este lejano territorio. La sencillez y simplicidad de la estepa patagónica se trasladó con elegancia a los interiores del hotel, incluso dejando grandes ventanales para admirar la naturaleza que lo rodea. Se capturó la esencia de la madera, el cuero y la lana para muebles, textiles y tapizados. Aún cuando hubo la tentación de hacer algo más contemporáneo que creara un contraste entre ese edificio antiguo y gastado con un estilo más moderno, se decidió el camino de mantener el perfil patagónico, de rescatar el patrimonio de los primeros colonos, y como se conservó la arquitectura victoriana del edificio, llegaron los muebles de roble inglés, los tapices de cuero, las tachas en los pisos del bar y las sillas de madera estilo clásico de excelente factura pero de gran sencillez en el comedor.
Se pensó en el fuerte y frío viento, y se crearon ambientes que acogieran con calidez, sofás y bergeres tapizados en cuero y felpas rayadas con grandes cojines bordados en tonos burdeo y tierra. Pero no se dejó de lado el inicio industrial del lugar; una mesa alta en metal con cubierta de madera rústica acompañada por sillas del mismo material tapizadas en cuero forman parte de uno de los espacios del gran comedor. Desde el techo de gran altura cuelgan lámparas direccionadas, también de metal, entregando a todo el espacio la impronta que rescata sus comienzos.
La versatilidad del mobiliario hace de las áreas un crucigrama de diseño donde sillas, sofás, taburetes, repisas, mesas ‘convivibles’ o para cuatro personas, en distintas materialidades y tipos juegan en un entorno que respira historia y en donde el gran espacio encuentra un lugar para cada cual.
De esta manera, cada recorrido por el interior del hotel logra entregar a quien lo visite lugares de intimidad y de relajo como también espacios comunes en donde el compartir con otros llega también a ser parte de la experiencia.


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