MVMEDIOS: Club de Lectores - Casa ETC. - Nuestro Mar


ENTREVISTA

MARZO/2017

CASA etc >> El Mercurio de Valparaíso

Viaje al corazón de la Tierra

GONZALO ILABACA: “DEBAJO DEL COBRE HAY POESÍA”

El pintor trabaja, o más bien navega, en su casa en Playa Ancha, cuyo techo adornan las banderas del mitológico y extinto Roland Bar. Bajo los tesoros textiles de los Duncan, adquieren vida un centenar de personajes a través de los óleos e historias de su autor, quien no defrauda al pintar, escribir y explorar las profundidades.

Por Valeria Barahona Valenzuela / Fotografías Sofía Musa Muencke
CASA etc >> El Mercurio de Valparaíso

El relato comienza así: “Solo el viajero maravilloso ve maravillas, los otros solo han visto pájaros y bestias, ríos y desiertos, la tierra y su abundancia”, cita Gonzalo Ilabaca a John Masefield en “Valparaíso Roland Bar”, catálogo de la exposición montada en 1995 —y reeditado por Narrativa Punto Aparte —, impreso que, contra la corriente, recoge solo una pintura de la muestra con tal de que el lector conozca a los habitantes del último segundo de la bohemia porteña.
A la sombra de las banderas de aquella cantina incendiada a principio de los 90’s, con los originales de las fotos que acompañan al texto como testigos, el frescor de un jardín que el mar se dedica a regar desde hace 15 años y entre el aroma penetrante de los óleos que decoran toda la casa, Ilabaca viaja por la ciudad puerto y el corazón de la Tierra.

CASA etc >> El Mercurio de Valparaíso

—“El pintor es el guardián de todo lo que va a desaparecer”, acostumbras a escribir, tanto en el libro como en un blog viejo que encontré.

A esa frase llegué porque me di cuenta de que pintaba tantos lugares que se quemaban, que Tellier había dicho que ‘el poeta es el guardián del mito’, entonces el pintor es el guardián de todo lo que va a desaparecer. Eso después uno lo puede llevar a una persona que cambia. Por eso los momentos tienen que ser efímeros, pero el arte tiene que ser eterno.
Cuando me vine a pintar a Valparaíso —sus catálogos dan cuenta de expediciones a la India, el sudeste asiático y Centroamérica, en busca de flores inexistentes y la ciudad de los poetas que cambia de lugar cada tanto, sin aviso previo —, aparte de estar alucinado con todo lo que estaba pintando, había tanta historia que contar, que te cuentan, entonces, de alguna manera, este es un viaje por los personajes de la ciudad, y después, ahora con el tiempo, me metí en otra cosa que es el sentido que tiene la ciudad, más allá de sus personajes, entonces, por ejemplo, ahora estoy preocupado de pensar la ciudad, no a través de sus personajes, sino que la potencia del lugar.

—Una temática súper contingente… (en la ventana hay un sticker de “Mar para Valparaíso).
Sí, súper contingente, pero también tiene que tener poesía porque o de la forma de vivir poética, más que de la poesía… ‘Solo los viajeros maravillosos ven maravillas’, para los demás sigue siendo un río, una cosa. Ese fue el conocimiento del personaje que me dio un poco el pulso. Pero después estudiando la ciudad, uno se da cuenta de por qué esta ciudad es tan atractiva para los artistas, ya que es la más pintada, la más musicalizada, la más filmada, y es porque es una ciudad que te da mucha experiencia, que es lo único que necesita un artista, recibir experiencias. Y acá tienen el condimento de la tragedia: los incendios, las lluvias, los desastres, entonces ‘la vida peligrosa’ es pasto para el arte, a pesar de que uno no lo desea.
Valparaíso por su condición geográfica de anfiteatro, es absolutamente promiscua, ya que la definición de anfiteatro es el lugar donde se da el espectáculo, que no necesariamente se da donde están los actores. Por ejemplo, si vas al estadio y el partido está fome, el espectáculo se da en la galería, pero sigue siendo un espectáculo. La promiscuidad es visual, porque todo el mundo se conoce, si alguien peleó, se sabe, es en esa condición donde aparece lo mejor y lo peor del ser humano, no se puede esconder y el porteño nada hace por ocultarla, es parte de su forma de habitar el anfiteatro.
Eso es lo visual, pero el porteño, para mi gusto, tiene dos grandes virtudes: es un gran comerciante en el sentido de que le gusta vender, no es que hagan negocios grandes, sino que disfrutan en ello. Un tipo que sale a vender todo el día un par de zapatos, para mí es un gran comerciante. Ese espíritu lo encuentro impresionante, que el tipo pueda estar todo el día vendiendo un par de zapatos, para un empresario no tiene sentido, pero para un comerciante, sí.
Y, por otro lado, el porteño es un gran tipo que le gusta compartir. Para ambas cosas, ser comerciante y compartir, necesitas del lenguaje, del verbo.
Si reunes todas esas condiciones: ser anfiteatro, ser promiscuo, ver todo y escuchar todo, saber comunicar lo que se quiere decir, está todo ahí para el arte. Por eso da mucha experiencia esta ciudad, no a través de un edificio, sino de la vida en conjunto.

—En un país de poetas.
Todo el arte que se haga en Chile tiene que ser poético, como Violeta Parra, Raúl Ruiz, Roberto Matta, autores de otros rubros que se unieron a la poesía para dar lo máximo de su potencia. Si el eje de Chile es la poesía, es porque en el sustrato de Chile está la poesía: debajo de la tierra hay cobre, y debajo del cobre hay poesía. Porque hay poesía debajo del cobre las frutas son tan ricas acá.

—O un país de ingenieros comerciales, todos estudian eso.
Sí, pero eso es en la superficie, porque cuando pasan los años, al final lo que queda de una época es el arte. No queda la filosofía de una persona, ni el arma de guerra del que ganó, sino que permanece una canción, una estatua. En ese aspecto Truman Capote decía que el arte era lo más cuerdo. Entonces pueden haber miles de ingenieros comerciales, pero que quedará es el que arriesgue la vida poéticamente.
No es el artista per se, ni el empresario per se, sino que el tipo que tiene una condición poética de vivir el mundo.

—Como la que viviste en el Roland Bar (conserva un cuadro en el comedor).
Después siempre unir el arte con la vida, y pintar la realidad como me gustaría que fuera, eso está detrás de todos estos cuadros: así no era el Roland Bar, pasaba 250 días al año vacío, pero de pronto llegaba un barco y le salvaba el año, entonces yo pinto el cuadro en el día de su apogeo, porque uno resucita en sus cuadros, por lo tanto si pinto el mundo como me gustaría que fuera, resucitaré en un paraíso.

—En la fiesta eterna de Valparaíso.
Es curioso eso… ¿Por qué en la generación del rock (The Beatles, The Rolling Stones) se hizo tan buena música? Porque estaban siendo retribuidos con energías muy buenas, porque es curioso que tantos jóvenes hicieran tantas cosas buenas. El movimiento hippie, el beatnik, era una fiesta más o menos potente, grande y larga, pero que dio mucho arte, fue una época fértil. En cambio la bohemia porteña, que también fue una fiesta súper grande, debe haber empezado en los años 30’s y no se detuvo hasta los 70’s, 40 años. Si una fiesta fue muy larga, quiere decir que fue muy buena, tiene que haber habido mucha conversación, mucho trago, mucha música y mucho baile, pero no dejó nada, no hay ninguna novela como “En el camino” (Kerouac). La fiesta fue tan buena que los artistas se dedicaron a carretear. Es raro.
Antes de esa época gloriosa estuvieron Carlos León y Joaquín Edwards Bello, quienes dejaron libros de época, pero en el tiempo del apogeo no apareció nadie. De esa época solo quedaron el documental “A Valparaíso”, pero la hizo un europeo, que vino un rato, no salió de las entrañas mismas de la ciudad; y las fotos de Sergio Larraín, pero él es de Santiago, pese a que tuvo la sensibilidad justa en el momento justo. Él no vivió la bohemia porteña, solo vino y la hizo revivir en él a través de las fotos, en unos segundos. Eso es magia, pura magia, eternizar una cosa que casi no está.

—Naciste en Concepción, en el límite de “La Araucana”. ¿Qué sobrevive de esa rebeldía?
Me vine a los dos años, entonces no tengo recuerdos, aunque mi cuadro más grande está en Concepción, así que de alguna manera retorné en el Hospital del Trabajador. La pintura mide 14 metros de largo, por dos de ancho. Se llama ‘Entre tu rancho y mi rancho puros suspiros se escuchan’: son solo oficios, todos manuales, ya que está en el Hospital del Trabajador; y a la vez es un viaje visual entre Arica y Chiloé, o entre mar y cordillera, hay mineros, obreros, pescadores, marinos. En un costado del cuadro está una chica embarazada y en el otro lado, a los 14 metros más allá, está su pareja. Y ellos están separados también por sus propios defectos, como el no saber amar. Al medio, como uno de los oficios, está el poeta y la música, en ellos se hacen eternos todos los otros personajes.
Así, concentrado en el viaje más largo, el que se da entre la cabeza y el corazón, permanece Gonzalo Ilabaca por estos días en su barco/casa/taller con vista al mar, plasmando cuán difícil es para los mortales emprender aquella travesía, así como los regalos que esperan a la humanidad al otro lado del miedo.


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