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PATRIMONIO

Mayo/2017

CASA etc >> El Mercurio de Valparaíso

Restauración pictórica

EL ARTE DE CONECTAR CON ARTISTAS DEL PASADO

El terremoto de febrero de 2010 fue implacable con el Palacio Vergara de Viña del Mar, edificio en cuya arquitectura y objetos se puede ver el origen de la “ciudad jardín”. Entre los recuerdos de antaño y el remezón de 8.8° Richter, un grupo de cuadros de los siglos XVII y XIX resistieron con estoicismo para ahora ser restaurados.

Por Valeria Barahona Valenzuela / Fotografías Carolina Herrera y Municipalidad de Viña del Mar
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El 27 de febrero de 2010 buena parte de la historia viñamarina fue azotada, desmembrada y sepultada por uno de los terremotos más grandes de los que se tiene registro. A causa de que la burguesía chilena y las inmigraciones europeas de los siglos XIX y XX son incomprensibles sin la “ciudad jardín”, tanto el Gobierno como su municipio se han esforzado estos siete años en reconstruir esta memoria, a través del trabajo de pintores, restauradores y el esfuerzo de toda una comunidad para no olvidar de dónde viene. Porque solo desde ahí se puede conocer el camino hacia el futuro.
Parte de estas obras están centradas en la restauración pictórica del Palacio Vergara, que concentra óleos sobre telas de gran formato, como El martirio de San Andrés de Lucas Saltarelli, cuyas dimensiones abarcan 2,20 x 3,20 metros, y fue pintado en 1637. A su lado, en el taller descansa La asunción de la Virgen, también del siglo XVII, de autor desconocido, de 4 x 2,46 metros; sumado a El martirio de Santa Paulina, pintura de 1880 que mide 4,46 x 3,53 metros, bajo la firma de Gabriel Guay, quien fue acreedor de la medalla de la Legión de Honor de Francia, doce años después de retratar el sacro secuestro que adquirió la familia Vergara.

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La restauradora Carolina Herrera Kremp, en cuyo currículum aparecen las tareas de conservación de las pinturas de los palacios La Moneda y cerro Castillo, fue la encargada de tomar estas obras y darles un renacer junto a su equipo. En la búsqueda de las luces y sombras que el artista pensó cuando plasmaba sus sentimientos, descontando el deterioro del tiempo y las catástrofes naturales; la profesional encontró “todos esos colores, todos esos efectos lumínicos e incluso formas que estaban parcialmente ocultos bajo las capas de barniz y los repintes. Estos reaparecieron a medida que la obra se fue limpiando, y todos los elementos que distorsionaban la imagen van desapareciendo con la limpieza y la reintegración. Finalmente, pudimos llegar a ver la obra como un todo y comprender mejor al artista y su creación. Durante este proceso llegamos a sentir una conexión con el artista y con el tema de la obra, sobre todo en estas pinturas de temas religiosos que representan imágenes tan sobrecogedoras”, contó Herrera.
El tiempo invertido en este proceso, que incluye a los soportes de las telas, “varía de acuerdo al estado de conservación de la obra, pero en general se comienza con el desmontaje del marco y una primera limpieza superficial de la pintura por el anverso y reverso mediante brochas y aspiración. Luego se realizan tratamientos sobre los deterioros del soporte, como corrección de deformaciones, remoción de parches antiguos y uniones de rasgados de la tela”, explicó la restauradora.
Una de las pinturas de la colección del Palacio Vergara que revistió mayores esfuerzos fue El martirio de San Andrés, debido a “la necesidad de consolidar antes la capa pictórica que presentaba desprendimientos”. Luego, a nivel general, “la siguiente etapa fue la remoción de los barnices antiguos que se encontraban muy oscurecidos debido a la oxidación. Con esto se logró recuperar el colorido y la luminosidad originales de la obras. También se removieron intervenciones anteriores de mala factura, principalmente en la obra La asunción de la Virgen. A continuación, se aplicó una capa de barniz intermedio y se comenzó con la nivelación y reintegración de color en las zonas faltantes para terminar con una nueva capa de barniz final”, relató Herrera, quien restauró el clásico Paisaje de Onofre Jarpa.
Como si estar en un país sísmico no fuese suficiente, los marcos presentaban “ataques de insectos xilófagos –que se alimentan de madera–, por lo que fue necesario desinsectarlos y luego realizar el proceso de limpieza de los dorados y la reintegración de faltantes de soporte y recubrimientos. Finalmente, las obras se montaron en sus marcos y se cubrieron los reversos con traseras de policarbonato, para evitar la acumulación de polvo y protegerlos de daños por golpes”.
La “resurrección” de estas tres obras tardó ocho meses, gracias a la dedicación de un equipo de seis restauradores, donde los “procesos más largos fueron la remoción de los barnices y la reintegración cromática, que se realizaron centímetro a centímetro y requirieron de mucha paciencia y precisión”, recordó Herrera.
No obstante, una de las dificultades del encargo fue “trabajar in situ, en un palacio que estaba siendo restaurado. Es decir, tuvimos que lidiar con ruido, polvo, frío, humedad y otras condiciones que no son las más adecuadas para las obras ni para los restauradores. Pero con la buena voluntad de todos se fueron solucionando los problemas y se pudo realizar el trabajo con éxito. Un gran desafío que me llena de orgullo”, reconoció la encargada de dejar tal como hoy conocemos al cuadro Arturo Prat guiado al sacrificio por el genio de la patria de Cosme San Martín, uno de los imperdibles del Museo Histórico Nacional, en pleno centro de Santiago.
Hoy por hoy, las obras descansan selladas en cajas de madera al interior del Palacio Vergara, hasta que se terminen los trabajos en los salones donde serán exhibidas. Una vez que sean colgadas “el museo deberá tomar medidas para su buena conservación frente al clima, la iluminación, la manipulación, la limpieza y planes de protección ante emergencias. Para esto ya se capacitó al personal sobre los parámetros adecuados y medidas necesarias”. Todo esto, con tal de no olvidar.


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